Estrés y alimentación

El estrés afecta al funcionamiento de nuestro organismo. Hoy vamos a ver cómo puede modificar nuestra alimentación y cómo podemos actuar para minimizar los efectos del estrés sobre nuestra dieta.

Una de las primeras manifestaciones del estrés se produce en nuestros hábitos alimentarios. Cuando aumenta la tensión emocional solemos alterar el patrón de alimentación y comer más o comer menos. En nuestra sociedad, donde encontrar comida no supone ningún problema, lo que suele ocurrir es que comamos más y en consecuencia que aumentemos de peso.

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La respuesta de estrés es una respuesta adaptativa del organismo para defenderse de una amenaza externa. En ella el corazón late más deprisa, lleva la sangre a las extremidades y la desvía del aparato digestivo. Por esta razón sentimos que se nos “cierra” el estómago y dejamos de sentir hambre. Otro efecto que se produce es que se movilizan las grasas internas como fuente de energía.

Pasado el momento de mayor peligro o cuando el organismo cree ha gastado suficiente energía se produce una sensación de apetito mayor del habitual. Y no solo esto, sino que el apetito se orienta hacia platos de alto contenido calórico, con muchas grasas y azúcares.

Además, al utilizar las grasas internas para quemarlas, el estrés activa el mecanismo de acumulación de grasas. Si unimos un apetito excesivo a una acumulación de grasas más efectiva, el resultado es que engordaremos.

Y si además el estrés es crónico, se producirán los “daños colaterales” de una inadecuada nutrición: obesidad, colesterol elevado, tensión arterial alta, incluso diabetes.

Dicho todo esto, llegamos a la conclusión de que si se tiene estrés es más necesario que nunca cuidar especialmente la alimentación para evitar todas estas patologías.

Veamos como ocurre el proceso por el cual comemos inadecuadamente:

    • Se produce una sensación determinada por una emoción. Por ejemplo, un cosquilleo en el estómago unido a una emoción de ansiedad.
    • Esto produce la intención de buscar algo que comer y centrar la atención en lugares donde puede adquirirse comida.
    • Si la búsqueda tiene éxito, que ocurrirá en la inmensa mayoría de los casos, se produce la ingestión.
    • La ingestión produce una inmediata satisfacción y una sensación de bienestar corporal.
    • Esta satisfacción produce un cambio emocional y se queda grabado en la memoria.

A medida que se repite este patrón se va fortaleciendo el hábito que puede llegar a ser automático como en las adicciones. Cuanto más fuerte es el hábito más difícil es de romper.

El punto débil de este ciclo es cuando se produce la sensación corporal, antes de que surja la emoción, cuando el deseo es menor. Se debe identificar el deseo cuanto antes y ser consciente de él. A partir de aquí, se puede aplicar un comportamiento alternativo. Por ejemplo, comprar una fruta, o dos. Esto aplacará el hambre y la ansiedad, no creará adicciones y además es saludable.

Néstor Villa.

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